Dejo el despacho, y el aire fresco del pasillo no hace nada por aliviar la presión que se instala en mi cráneo. Un dolor sordo martillea en mis sienes, y la herida en el costado se siente como una punzada constante.
Mis Antonegras están haciendo el cambio de turno. Uno de ellos, Elsia, mi caporegime, se me acerca. Su rostro es una máscara de profesionalidad.
—Don, tenemos los últimos movimientos del operativo.
Asiento, mi mente luchando por concentrarse. El dolor me impide pensar con claridad.