Si alguien me hubiera dicho que vivir bajo el mismo techo con Isabelle sería un reto constante para mi paciencia, probablemente me habría reído. Pero ahí estaba, sentado en mi despacho, con la mirada fija en el informe frente a mí y la mente en cualquier lugar menos ahí.
Porque Isabelle no solo ocupaba espacio en mi casa... también en mi maldita cabeza.
—Señor Romano —dijo Marco, uno de mis hombres, asomando la cabeza por la puerta—. ¿Todo bien?
—Perfectamente —respondí, apretando los papeles e