Habían pasado ya varios días o incluso semanas tal vez.
No sabía exactamente cuánto había pasado desde que mi padre y Alexander me trajeron aquí. La mansión en la que me tenían no era una prisión en el sentido literal de la palabra, pero la vigilancia constante hacía que se sintiera como una jaula dorada.
Podía caminar por algunas habitaciones, pero siempre con dos hombres siguiéndome a cada paso. No tenía acceso a ningún teléfono, ningún medio para comunicarme con el exterior.
Al parecer e