Livy Clarke.
—¡Estás embarazada! —Gritó Juan.
Corrí hacia él, cubrí su boca escandalosa con mis manos pequeñas. Sus ojos aún estaban muy abiertos. Cuando me apoyé en él, los ojos de Juan bajaron, mirando mi vientre.
—¿Te vas a quedar quieto?
Él negó con la cabeza. Sabía que podía confiar en él porque, en momentos como aquel, Juan ya me había protegido antes—. ¿Estás embarazada? ¿De quién?
Bajé la cabeza, sintiendo el dolor retorcerme por dentro. Aquello no era tristeza, sino un espasmo violento