Se sintió como un tremendo golpe, algo en el estómago que me subió directamente a la cabeza, produciéndome un inconfundible mareo acompañado del terror.
Todos en el lugar enviaron sus manos hacia sus armas: los guardaespaldas, todas las personas que nos rodeaban, incluso el mismísimo Santiago metió su mano en el chaleco en cuanto vieron aparecer a Oliver.
Todo el cementerio guardó un profundo silencio, erguido, expectante. En otro momento se formaría una tremenda balacera; en cualquier instante