Con el corazón muy acelerado, di dos pasos atrás. Ni siquiera me di cuenta en qué momento me había puesto de pie.
— ¿Qué haces aquí? ¡Ayuda, ayuda! — grité.
El hombre caminó hasta que se agarró de los barrotes y me observó de los pies a la cabeza.
— Sé que no podría mantenerte aquí, pero no quiero hacerlo — dijo con sinceridad — , porque tú fuiste quien se metió en mi imperio. Y créeme, vas a pagar las consecuencias. Tu ridícula venganza no tiene absolutamente nada que ver con lo que yo sí