DAMIÁN ASHFORD
Los cuerpos fueron incinerados en los propios hornos que el auditor tenía en su enorme propiedad. Era un lugar demasiado grande, no podía calcular cuantas hectáreas había, ni cuantos secretos aguardaba.
De entre todos los cuerpos que arrastraron, el único que llamó mi atención fue el de la emisaria, quien mantuvo los ojos abiertos, sin brillo, lechosos, y aun así me vieron fijamente mientras la llevaban al incinerador, como si su cadáver me reprochara por la traición. Sabía que s