El amanecer siguiente trajo una calma engañosa.
El cielo estaba cubierto de nubes densas, y la mansión Bianchi parecía flotar en un silencio demasiado medido, demasiado quieto. Ni un pájaro, ni un auto, ni un rumor más allá del susurro del viento que empujaba las hojas húmedas del jardín.
Sabrina se vistió despacio, con la ropa que le había dejado Enzo sobre el sillón. El pulso le temblaba mientras se abotonaba la blusa. No sabía por qué obedecía sus órdenes, pero lo hacía. Tal vez por miedo. T