La nave industrial de las afueras, un santuario de acero y hormigón, se había convertido en la sala de guerra de Enzo. Eran las cuatro de la mañana, y el silencio solo era interrumpido por el leve zumbido de la ventilación. La urgencia era una losa: cada hora que pasaba era una oportunidad para Volkov de rastrear una de las joyas de su colección.
—Necesitamos a un tiburón que se trague esto entero, Franco —repitió Enzo, apoyado sobre una mesa metálica, el mapa de su nueva realidad extendido frente a él. Había dibujado un círculo alrededor de la nave y una serie de flechas que apuntaban a las principales capitales de la oscuridad—. Un comprador que no solo tenga el dinero, sino el peso para hacer que estos activos sean intocables.
Franco, con una taza de café en la mano, un gesto que imitaba la inagotable energía de Enzo, caminó hasta la estantería donde las cajas de cocaína se apilaban como ladrillos de oro.
—El problema es la mercancía y el volumen, jefe. Millones de dólares en autos