La nave industrial de las afueras, un santuario de acero y hormigón, se había convertido en la sala de guerra de Enzo. Eran las cuatro de la mañana, y el silencio solo era interrumpido por el leve zumbido de la ventilación. La urgencia era una losa: cada hora que pasaba era una oportunidad para Volkov de rastrear una de las joyas de su colección.
—Necesitamos a un tiburón que se trague esto entero, Franco —repitió Enzo, apoyado sobre una mesa metálica, el mapa de su nueva realidad extendido fre