El primer sentido en volver a Sabrina fue el olfato. El denso olor a antiséptico, propio de un botiquín de primeros auxilios bien provisto, luchaba por dominar el aroma a madera seca de la cabaña. El sonido de un fuego crepitante cerca le dio una extraña sensación de hogar, un contraste inquietante con el terror que recordaba.
Abrió los ojos. La habitación era cálida y de techos bajos, muy acogedora, pero ajena. Una lámpara de aceite proyectaba un círculo suave de luz dorada sobre la cama y la