—Suéltame, —jadeó ella, sintiendo cómo la furia se deshacía en la boca de su estómago para ser reemplazada por esa conocida sensación de pánico y excitación.
—No, —su aliento se hizo más fuerte—. Dijiste que no volviera. Que te daba asco. ¿Y este temblor, Sabrina? ¿Este pulso acelerado? ¿También te dan asco?
No le dio tiempo a contestar. Su boca bajó sobre la suya en un beso brutal y posesivo. No era para nada tierno, sino una afirmación de dominio, una respuesta física a su rebeldía. Él la bes