El motor del auto se apagó con un susurro frente a la imponente verja de la mansión. Las luces exteriores, dispuestas con precisión, bañaban el mármol del camino de entrada con una luz fría y amarillenta. La lluvia había cesado, dejando tras de sí un aire pesado y cargado con el aroma de la tierra mojada y el jazmín.
Sabrina se dejó caer del asiento, sintiendo el cansancio no solo físico, sino de la constante vigilancia. El día había sido un tira y afloja emocional: la alegría fugaz de ver a Ma