Finalmente llegamos a Bellavista. El cansancio se apoderó de mí en cuanto bajamos del vehículo, y el aire fresco de la tarde nos envolvió con su caricia. Apenas tuvimos tiempo de estirarnos cuando vi a mi abuela salir apresurada hacia nosotros, con una sonrisa llena de amor y nostalgia.
—¡Pero si es mi Bianca! —exclamó con entusiasmo, acercándose con los brazos abiertos.
Me envolvió en un fuerte abrazo, besando mi mejilla con cariño. Luego, su mirada descendió hasta mi vientre y, con una te