Astaroth
Había algo hermoso en la desesperación ajena.
Era la forma en que les temblaban los labios antes de suplicar. O cómo les brillaban los ojos cuando habían ganado al negociar conmigo. Como si tuvieran una oportunidad.
"Pobres ilusos."
Giré el cristal de licor entre mis dedos, observando cómo la sangre oscura se deslizaba por las paredes de la copa como si tuviera voluntad propia. Esta sangre era un lujo que pocos podían permitirse, pero, para mí, consumirla era tan común como respirar.