Cordelia
Las puertas se abrieron con un chirrido de ultratumba.
—Por favor, que alguien ponga aceite en las bisagras —dije cortando un poco el dramatismo por el sonido tenebroso cada vez que se abrían o cerraban.
Dos demonios flanqueaban la entrada como si estuviera a punto de entrar a una maldita gala. Y en cierto modo, así se sentía.
No me dieron ropa.
Ni siquiera una mísera capa.
Iba cubierta solo con el vestido de espectros: una mezcla pegajosa y fría de sombra líquida que se deslizaba