Cordelia
Desperté con la garganta seca y un pitido agudo en los oídos. El olor metálico de la sangre seguía pegado a mi piel, pero no era reciente. Estaba… más curada. Más entera.
Abrí los ojos con esfuerzo. La luz era tenue, un resplandor azul apagado que venía de los barrotes. Y al verlos, el instinto me gritó que no los tocara.
Me incorporé con torpeza. Tenía los músculos tensos y adoloridos. Parpadeé varias veces hasta que distinguí la figura que se movía al otro lado.
—¿Qué pasó? —murmuré