Fernanda
La arena estaba empapada de sudor, gritos y sangre.
Bueno, no de mi sudor, porque… ya saben, fantasma y todo eso.
Pero el de Cor sí. Y cada gota que le caía de la frente, cada vez que tropezaba, cada vez que ese demonio deforme levantaba una de esas garras como cuchillos, sentía que un pedazo de mí se rompía.
—¡Maldita sea, Cordelia! —grité, aunque ella no podía oírme—. ¡Te dije que tomaras clases de defensa personal! ¡Pero no! ¡“Piano es más útil”, dijiste! ¡¿Vas a tirarle una part