Cordelia
Fernanda se puso frente a mí, pero los demonios pasaron a través de ella como si fuera niebla.
No me dieron ni un segundo para reaccionar. Dos me sujetaron de los brazos, sin delicadeza. Otro me tomó por el cabello.
—¡Suéltenla! —gritó Damien—. ¡No la toquen, malditos!
—¡Vamos, vamos! —gruñó otro soldado—. Astaroth quiere ver qué basura se atreve a invadir su dominio.
—¡Ella está sangrando! ¡Está lastimada! —gritó Fernanda—. ¡Animales, al menos cúbranla!
No lo hicieron.
Me arrastraron