Zeiren
El cuerpo de Cordelia pesaba en mis brazos como si me estuviera arrastrando al abismo con ella.
—No... no, no, no —murmuré apretándola más contra mi pecho, mi voz temblando.
No respondía.
Su piel ya no era cálida, su luz... su jodida luz... había desaparecido.
—¡CORDELIA! —grité, sin importarme si partía los pulmones o desgarraba mi garganta en el proceso.
Me giré hacia Damien, que seguía arrodillado en la cocina, con la mirada perdida... como si su mente estuviera atrapada en algún lug