Diego
El Gremio no era un sitio para débiles.
Era el hogar de los carroñeros.
Un montón de bastardos que no tenían escrúpulos cuando se trataba de cobrar recompensas. No les importaba si la presa estaba viva o muerta, mientras sus bolsillos se llenaran de billetes.
Aunque claro, su sed de sangre era peor que la de un vampiro recién convertido, así que, por lo general, sus presas llegaban muertas.
Yo lo sabía mejor que nadie.
El edificio del Gremio estaba escondido a plena vista. Camuflado como