Verónica Salcedo
Llegué a casa con el corazón en un puño. Estacioné el auto con brusquedad, sin siquiera apagar la radio. Me bajé rápido, cerré la puerta de un golpe y subí las escaleras casi a ciegas. No lloré. No grité. Ya no. Ya no más.
Entré en mi habitación y me senté al borde de la cama. El maquillaje estaba corrido, el vestido arrugado y los pies adoloridos… pero yo estaba más firme que nunca.
Estoy lista, me dije. Lo que venga, que venga. Pero hoy me libero de este infierno.
Entonces,