Verónica Salcedo
Me desperté temprano, con el cuerpo algo cansado, pero el alma en guardia. Salí de la habitación de huéspedes y, al abrir la puerta, ahí estaba él.
Gabriel.
Salía justo de nuestra habitación. Me miró con esa sonrisa que antes solía confundirme. Esta vez solo me inquietó. Se acercó con seguridad y, sin previo aviso, me plantó un beso en la mejilla. Me quedé inmóvil, confundida.
—¿Qué haces? —pregunté, mirándolo con el ceño fruncido—. ¿Desde cuándo te despides de mí con un beso?