CAPÍTULO 2: El amor regreso

El auto de Thomas atravesaba la ciudad como un misil.

Las manos le sudaban en el volante. El corazón le martillaba el pecho. No quería pensar en su esposa.

Solo quería llegar.

El aeropuerto apareció frente a él como un espejismo de luces. Estacionó en doble fila, dejó las llaves al valet con un billete que ni siquiera miró y entró caminando rápido, buscando con la mirada entre la gente.

Y entonces la vio.

Anika.

Apoyada contra una columna de mármol, con ese aire de reina que siempre había tenido. El pelo suelto cayendo en ondas perfectas. Un vestido claro que abrazaba su figura.  

Cuando lo vio, su rostro se iluminó como si le hubieran encendido mil focos por dentro.

—¡Thomas!

Caminó hacia él con pasos lentos al principio, luego más rápidos, hasta que finalmente rompió en una carrerita corta que la hizo tropezar con sus propios tacones. Thomas la sostuvo por los brazos, riendo.

—Siempre tan torpe —dijo él.

—Siempre tan guapo —respondió ella.

Y entonces lo abrazó. Fuerte. Largo. Como si quisiera fundirse con él.

—Te extrañé —susurró contra su pecho—. Tanto, tanto.

Thomas cerró los ojos un momento. El perfume de ella, ese que recordaba perfectamente, le llenó la cabeza de recuerdos. De noches, de promesas, de una vida que pudo ser y no fue.

—Yo también te extrañé —dijo, y era cierto. O al menos lo había sido. Alguna vez.

Ella se separó para mirarlo. Hizo un puchero, esos labios hacia afuera que siempre usaba para manipularlo.

—Me di cuenta de que te casaste —dijo, con voz de niña pequeña—. ¿Por qué no me esperaste?

Thomas suspiró.

—Tú te fuiste sin decir nada —respondió—. Desapareciste. No dejaste ni una carta, ni un mensaje, nada.

—Lo sé —ella bajó la mirada, arrepentida—. Fui una cobarde.

—Pero...

Thomas dudó. Las palabras se le atoraron en la garganta. Pero salieron.

—Pero mi corazón todavía tiene un lugar para ti.

Anika levantó la mirada. Sus ojos brillaban.

Y entonces, sin decir nada más, se acercó y le dio un beso.

Thomas sintió un vuelco. Todo su pasado le explotó en el pecho como un fuego artificial.

—Vamos al hotel —dijo ella, enlazando su brazo con el de él.

Salieron caminando juntos. En el auto, Anika no paraba de hablar del viaje, de la gente, de lo incómodo que era volar. Thomas escuchaba a medias, asintiendo, sonriendo.

Cuando llegaron al hotel, él la ayudó con la maleta. Iba a despedirse en la puerta, pero algo lo detuvo.

La cajita roja.

Todavía estaba en su bolsillo. El collar que era para Lenna tanto. El regalo de aniversario que no le entregó.

Por un momento dudó. Pensó en Lenna esperando en casa. En su cara cuando él se fue.

Pero Anika lo miraba con esos ojos, con esa sonrisa, con toda la historia entre ellos flotando en el aire.

Sacó la cajita roja.

—Toma —dijo, alargándosela—. Un regalo de bienvenida.

Anika abrió los ojos como platos. Tomó la caja, la abrió despacio, y cuando vio el collar con la piedra azul, su rostro se iluminó.

—Thomas... es precioso. ¿Es para mí?

—Sí —mintió él.

Ella se lo puso en el cuello inmediatamente, girando frente a él como una modelo.

—¿Qué tal me queda?

—Perfecto —dijo Thomas, y la palabra le supo a traición.

Ella se acercó y le dio otro beso en la mejilla. Más largo esta vez.

—¿Te quedarás conmigo? —susurró—. Es mi primera noche aquí. No quiero estar sola.

Thomas pensó en Lenna. En su nobleza. En su forma de esperarlo siempre sin reclamar. En cómo seguro en ese momento estaba en casa, preocupada, sin dormir.

Pero Lenna era buena. Lenna no le iba a hacer una escena. Lenna lo perdonaría todo, como siempre.

—Claro que sí —dijo—. No te voy a dejar sola.

Y entró al hotel con ella.

---

Esa noche, Lenna no durmió.

Había llamado a Pedro, el asistente de Thomas. Pedro le había dicho, con voz incómoda, que el señor Thomas no había ido a la empresa. Que había salido a las siete de la tarde para la cena de aniversario.

No fue a trabajar.

¿Dónde estaba?

Las horas pasaron lentas, pesadas, interminables. Lenna miró el techo, miró la puerta, miró el teléfono. Nada.

A las siete de la mañana, la puerta se abrió.

Thomas entró de puntillas, creyendo que ella dormía. Pero ella estaba sentada en el sofá, con los brazos cruzados, la mirada fija en él.

—¿Dónde estabas? —preguntó.

Thomas se sobresaltó.

—Ya te dije. Trabajando.

—No fuiste a trabajar, Thomas. Hablé con Pedro.

Él la miró. Por un segundo, algo pasó por su cara. ¿Culpa? ¿Miedo? Pero desapareció rápido.

—Fue otra cosa. Algo personal.

—¿Algo personal? ¿La noche de nuestro aniversario?

Thomas no respondió. Iba a caminar hacia el baño cuando Lenna se levantó y lo vio.

La mancha.

En el cuello de la camisa. Roja. De labios.

Lenna sintió que el mundo se paraba.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalando.

Thomas bajó la mirada. Vio la mancha. Por un instante, se quedó en blanco.

—No es nada —dijo—. Un accidente.

—¿Un accidente? —la voz de Lenna temblaba—. ¿Un accidente de labios en tu camisa? ¿En la noche de nuestro aniversario?

—No voy a hacer esto —dijo Thomas, y empezó a caminar hacia la habitación.

—¡No te vayas! —gritó ella—. ¡Dime la verdad! ¿Qué está pasando?

Pero él siguió caminando. Entró al baño. Cerró la puerta.

Lenna se quedó sola en la sala, con la mancha grabada en los ojos y el corazón partiéndose en pedazos.

---

Pasó un mes.

Un mes de silencios, de ausencias, de desplantes. Thomas llegaba tarde, se iba temprano, no la miraba, no le hablaba. Ya no compartían nada. Ya no había cenas juntos, ni risas, ni conversaciones en la cama antes de dormir.

Él se iba todas las noches.

Y ella se quedaba, esperando, preguntándose en qué momento se había vuelto invisible.

Hasta que un día, él olvidó algo importante en casa. Una carpeta. Documentos de la empresa.

Lenna decidió llevársela. Quería verlo. Quería entender. Quería, en el fondo, una excusa para acercarse a él.

Llegó a la oficina sin anunciarse. La recepcionista la conocía, la dejó pasar.

Caminó por el pasillo hacia la oficina de Thomas. La puerta estaba entreabierta.

Y lo vio.

Él sentado en su silla, con la cabeza hacia atrás, los ojos cerrados. Y detrás de él, una mujer. Hermosa. Elegante. Famosa.

Anika.

Le estaba masajeando los hombros, inclinada sobre él, sus labios cerca de su oído.

Lenna se quedó paralizada.

La carpeta cayó al suelo.

Thomas abrió los ojos. La vio.

—Lenna...

Ella no dijo nada. Solo miró a la mujer. Al collar que llevaba puesto. La piedra azul. El mismo collar que sabía que Thomas había comprado para ella.

Anika sonrió, sin inmutarse.

—Hola —dijo, como si nada—. ¿Y tú eres?

Lenna sintió que el suelo desaparecía.

Pero no lloró.

Dio media vuelta y se fue. Sin una lágrima. Sin una palabra.

Thomas se levantó, quiso ir tras ella, pero Anika lo detuvo con una mano en el pecho.

—Déjala —dijo—. Ya volverá. Siempre vuelven.

Y Thomas, tonto, ciego, estúpido, se quedó.

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