El sol entraba por los ventanales de la oficina de Thomas como un cuchillo que le cortaba los ojos. Llevaba días sin dormir bien. Semanas. Desde que el inversionista fantasma había retirado la primera parte de los fondos, su vida se había convertido en una montaña rusa de números, trasnoches, desvelos y una tensión que le carcomía los huesos. Pero había logrado mantener la empresa a flote. No había claudicado. No había bajado los brazos.
Franco, su gerente financiero, entró con una carpeta bajo