Ella se limpió las lágrimas, ahora le toca llorar a él.
Ella se limpió las lágrimas, ahora le toca llorar a él.
Por: R. Vivas
CAPÍTULO 1: El collar del desprecio

Todo estaba listo.

Las velas llevaban encendidas veinte minutos, y la cera comenzaba a escurrirse con pereza por los bordes. La mesa lucía perfecta: el mantel blanco que ella había comprado en aquella tienda cara, los platos de porcelana que usaban solo en ocasiones especiales, las copas de cristal que reflejaban la luz como si guardaran estrellas dentro. En la cocina, la comida esperaba tapada, humeando todavía, lista para ser servida en el momento exacto.

Lenna dio una última vuelta alrededor de la mesa. Movió un tenedor un centímetro. Ajustó el centro de flores. Suspiró.

Dos años.

Dos años desde que salió por la puerta de su casa con una maleta y el corazón partido en dos. Dos años desde que su madre lloró abrazada a ella, desde que su padre se quedó en silencio en un rincón, desde que su hermano mayor, su protector, su cómplice, la miró con ojos que decían "no estoy de acuerdo pero te amo igual".

Dos años sin verlos. Sin llamarlos. Sin saber si su madre seguía tejiendo en las tardes, si su padre había dejado el cigarro, si su hermano ya se había casado con esa chica que tanto le gustaba.

Ella eligió. Y esto era lo que había elegido.

Pero cuando Thomas la miraba, cuando llegaba a casa y le sonreía cansado, cuando le pasaba el brazo por los hombros mientras ella cocinaba... el dolor se hacía más pequeño. No desaparecía. Pero se hacía más pequeño.

Y por eso estaba aquí. Esperándolo. Con la mesa perfecta. Con la comida lista. Con el corazón abierto.

A las ocho y diez la puerta se abrió.

—Llegué —dijo Thomas, dejando las llaves en la bandeja del recibidor.

Lenna sintió ese cosquilleo que nunca se iba, ese pequeño incendio en el pecho cada vez que él entraba por esa puerta.

—Pensé que llegarías más tarde —dijo ella, acercándose.

—Es nuestro aniversario —respondió él, besándole la mejilla suavemente.

Pero entonces sus ojos recorrieron el living. Vio las velas, la mesa, la penumbra cálida que ella había construido con tanto esmero. Y algo cambió en su expresión. Algo se suavizó. 

—Todo esto... —dijo—. Lo hiciste tú sola.

—No es nada.

—Sí lo es.

Él se acercó a la mesa y dejó caer algo sobre el mantel. Un ramo de flores, una caja de chocolates... y una cajita roja. Pequeña. Con un lazo dorado.

No dijo nada.

Pero ella sabía.

Sabía que era algo especial. 

Lenna sintió que la garganta se le cerraba.

—Thomas...

—Todavía no lo abras —dijo él, sonriendo—. Después. Primero brindemos.

Ella asintió, tragándose las ganas. Las flores, los chocolates, la cajita roja... todo esperaría. Porque él lo pedía.

Se sentaron. Ella sirvió el vino. Las copas tintinearon suavemente al chocar.

—Por nosotros —dijo Thomas.

—Por nosotros —respondió ella.

Y todo era perfecto.

Hasta que el teléfono de él vibró.

Fue un sonido pequeño, casi tímido, pero Lenna lo sintió como una cuchillada. Vio cómo los ojos de él bajaban a la pantalla. Vio cómo sus labios sonrieron. Vio cómo algo en sus ojos se iluminaba.

—¿Pasa algo? —preguntó ella.

Él negó con la cabeza. Demasiado rápido.

—Nada. La empresa.

Pero no apartaba la mirada del teléfono. Sus dedos lo sostenían con fuerza, como si fuera un salvavidas.

Dentro de él, el mundo se había detenido.

El mensaje decía: "Llegué al país, estoy en el aeropuerto. ¿Puedes recogerme?". Y el nombre... el nombre era Anika.

Anika.

La mujer que lo había salvado años atrás. La que apareció aquella noche cuando él creyó que moría, la que sostuvo su mano. La misma que se desapareció sin importarle su dolor y dejándole un vacío profundo.

Anika. Su primer amor ahora estaba de vuelta.

Thomas sintió el pecho oprimido. Miró a Lenna, tan buena, tan presente. Miró la cajita roja sobre la mesa. Miró las velas, la cena, la vida que había construido con ella.

Y supo que no podía quedarse.

—Tengo que irme —dijo, levantándose.

Lenna parpadeó. La copa se quedó a medio camino de sus labios.

—¿Irte? ¿Ahora?

—Es urgente.

—Thomas, es nuestro aniversario. La comida, las velas...

—Lo sé —cortó él, y su voz sonó más dura de lo que quería—. Pero es algo que no puede esperar.

—¿Qué no puede esperar más que esto?

Él la miró. Solo un segundo. Y en ese segundo, Lenna vio algo que no supo descifrar. ¿Culpa? ¿Dolor? ¿O solo el deseo de escapar?

Luego él desvió la mirada.

—Te lo compenso —dijo.

Y salió.

Pero antes de irse, hizo una cosa.

Se acercó a la mesa, tomó la cajita roja con el collar, y se la guardó en el bolsillo.

Lenna sintió que el corazón se le paraba.

—Thomas... —susurró.

Él no se volvió. La puerta se cerró con un golpe seco.

Ella se quedó inmóvil. Las velas seguían encendidas. Las copas seguían llenas. La comida seguía humeando en la cocina. Las flores y los chocolates seguían sobre la mesa.

Pero la cajita roja ya no estaba.

Y ella tampoco.

Se sentó lentamente, como si el cuerpo pesara más de lo normal. Tomó la copa de vino con manos temblorosas. Bebió un trago. Luego otro.

El silencio del ático se volvió enorme.

Y entonces, sin saber por qué, pensó en su hermano. En su hermano mayor, el que siempre la defendía, el que le decía "si alguien te hace daño, me encargo yo". En su hermano, al que no veía desde hacía dos años. 

Afuera, en la calle, Thomas manejaba rápido. La cajita roja quemaba en su bolsillo. El teléfono vibraba con mensajes de Anika.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP