El sol de la mañana entraba por los ventanales de la oficina como un río de luz dorada, pero Alexandra no lo veía. No lo sentía. No existía nada más que el reloj de pared, marcando los minutos con un tic-tac que le taladraba los sesos. Las ocho. Las ocho y cuarto. Las ocho y media. Las nueve.
Y él no llegaba.
Había revisado su teléfono treinta y siete veces. No, no era una exageración. Lo había contado. Cada vez que la pantalla se apagaba, la volvía a encender. Cada vez, esperando ver un mensaj