CAPÍTULO 3: La invitada de oro

Lenna llegó a casa con el corazón hecho pedazos. Se sentó en la cama y sacó los documentos del nochero. Eran los papeles del divorcio, ya no aguantaba más tanto sufrimiento, pero pensaba que él iba a cambiar y le daba oportunidad tras oportunidad.

Hasta esa tarde.

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Eran casi las cuatro cuando la puerta se abrió.

Lenna estaba en la habitación de arriba, sentada en el borde de la cama, mirando la pared sin verla. Escuchó el sonido de la llave en la cerradura y su corazón dio un vuelco.

Thomas.

Había llegado temprano. Por primera vez en un mes, llegaba temprano.

Tal vez venía a disculparse. Tal vez traía una explicación. Tal vez, solo tal vez, todo iba a volver a ser como antes.

Se levantó rápido. Se miró al espejo, se pasó una mano por el cabello, se arregló la ropa. Respiró hondo. Bajó las escaleras con el corazón latiéndole con fuerza, con una esperanza tonta que le quemaba el pecho.

Pero cuando llegó al último escalón, el mundo se detuvo.

No estaba solo.

Anika estaba agarrada de su brazo, pegada a él como una enredadera, con una sonrisa de triunfo en la cara. El mismo collar. La piedra azul. Su collar.

—Lenna —dijo Thomas, con una naturalidad que dolía—. Quiero presentarte a una amiga. Ella es Anika.

Anika soltó una risita.

—¿Amiga? Ay, Tomy —dijo, apretándose más contra él—. Yo soy tu mejor amiga. Y tu primer amor.

Luego miró a Lenna.

De arriba abajo. Con desprecio. Como si evaluara a una empleada doméstica, como si ella no fuera la esposa, como si no tuviera derecho a estar ahí.

—Hola —dijo Anika, con una sonrisa falsa.

Lenna sintió que la sangre le hervía. Las manos le temblaban, pero las apretó contra su cuerpo para que no se notara. No iba a hacer un escándalo delante de ella. No iba a darle ese gusto.

—Siéntate, Lenna —dijo Thomas, señalando el sofá—. Por favor, trae vino. Vamos a cenar juntos los tres. Quiero que ustedes dos se lleven bien, que sean amigas.

¿Amigas?

Lenna lo miró sin decir nada y fue a la cocina.

Agarró la botella de vino más cara, la que guardaban para ocasiones especiales. La que él le había regalado en su primer aniversario. Sirvió tres copas. Las llevó a la sala con las manos firmes, con el rostro sereno, aunque por dentro ardía como un volcán a punto de estallar.

Puso las copas en la mesa.

En eso, el teléfono de Thomas sonó.

—Tengo que atender esto —dijo, mirando la pantalla—. Vuelvo en un momento. Ustedes dos conózcanse.

Y se fue a la terraza, dejándolas solas.

El silencio fue denso, incómodo, venenoso. Las dos mujeres se miraron. Anika fue la primera en hablar.

—Así que tú eres la pobrecita —dijo, con una sonrisa burlona mientras se reclinaba en el sofá como si estuviera en su casa—. La huérfana sin dinero que se casó con mi Tomy.

Lenna apretó la mandíbula.

—Soy su esposa.

—Por ahora —Anika estiró las piernas, mostrando sus zapatos de diseñador—. Te cuento un secreto: si yo no me hubiera ido en aquel entonces, la esposa sería yo. Tú eres solo... ¿cómo decirlo? La segunda opción. El premio de consolación. ¿Qué se siente ser siempre la que sobra?

Lenna sintió el golpe en el pecho. Las palabras le clavaron como cuchillos. Pero no iba a llorar. No delante de ella.

Se enderezó, levantó la cabeza y la miró directamente a los ojos.

—Prefiero ser la esposa —dijo, con voz firme—. A ser una mujer que tuvo que irse y ahora vuelve arrastrándose a molestar un matrimonio. Dime, ¿qué se siente ser la que siempre vuelve a donde no la llaman?

El rostro de Anika cambió. La sonrisa se borró. Sus ojos echaron chispas.

—¿Qué te crees, estúpida?

En ese momento, Thomas volvió de la terraza.

Y Anika, rápida como una serpiente, agarró su copa de vino y se la lanzó encima a ella misma.

El líquido rojo cayó sobre su vestido claro, manchándolo todo. El vino escurrió por la tela cara, empapando el diseño exclusivo que seguramente costaba una fortuna.

—¡Ay! —gritó Anika, con voz de víctima—. ¡Pero qué has hecho!

Se llevó las manos a la boca, los ojos llenos de lágrimas falsas que brotaron en el instante exacto.

Thomas se acercó corriendo.

—¿Qué pasó?

—Ella —señaló Anika, con el dedo tembloroso, la voz quebrada—. Me lanzó el vino encima. Todo por celos, porque le dije que éramos amigos.

Lenna abrió la boca. La incredulidad le paralizaba.

—Eso es mentira —dijo, y su voz temblaba, pero de rabia—. Ella misma se lanzó el vino. Yo no toqué su copa.

—¿Cómo voy a lanzarme vino yo sola? —lloriqueó Anika, las lágrimas cayendo perfectas por sus mejillas—. ¿Estás loca? Este vestido es de diseñador, es edición limitada, no tiene precio... ¿Por qué iba a hacer eso?

Thomas miró a Lenna. Su mirada era dura, fría, como no la había visto nunca.

—Discúlpate —dijo.

Lenna parpadeó. No podía creer lo que estaba escuchando.

—¿Qué?

—Que te disculpes con Anika por dañar su vestido.

Lenna sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El pecho le oprimía, las lágrimas le quemaban los ojos, pero se negaba a soltarlas. No delante de ella. No delante de él.

—Thomas, ella misma se tiró el vino. Yo no hice nada. Estás viendo lo que quiere que veas. ¿De verdad me estás pidiendo que me disculpe por algo que no hice?

—Te estoy pidiendo que te disculpes —repitió él, con voz cortante, sin un gramo de duda—. Hazlo.

Anika, detrás de él, sonreía.

Esa sonrisa lo dijo todo. Esa sonrisa de triunfo, de victoria.

Lenna los miró a los dos. A él, con esa frialdad que no le conocía, con esos ojos que la juzgaban sin pruebas. A ella, con esa sonrisa de satisfacción, con el collar azul brillando en su cuello, con las manos manchadas de vino y de mentiras.

Y algo dentro de ella se rompió del todo.

Pero también algo se despertó.

Sin decir una palabra, sin disculparse, sin derramar una sola lágrima delante de ellos, dio media vuelta y caminó hacia la puerta.

—¡Lenna! —gritó Thomas—. ¡Te estoy hablando! ¡Vuelve aquí! ¡No me des la espalda!

Ella no se volvió.

—¡Lenna!

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