La mañana siguiente, Juan Diego llegó a la oficina con el corazón liviano. La noche anterior había sido perfecta. La fiesta, el baile, las miradas, el auto, el amor. Y lo mejor de todo: despertar al lado de Lenna, con Diego gateando hacia ellos, con el sol entrando por la ventana. Nada podía arruinar su día. Nada.
Entró al edificio saludando a los empleados, con una sonrisa que no podía ocultar. Subió al piso de la dirección, dejó su maletín en la oficina, y se dispuso a revisar los correos pen