La tarde en España se había instalado con una calma engañosa. El sol entraba por los ventanales de la sala, dibujando figuras doradas en el suelo, y el aroma del almuerzo aún flotaba en el aire mezclado con el de las flores del jardín. Lenna estaba recostada en el sillón, con Diego dormido en su regazo, la respiración del bebé era un vaivén suave que le subía y bajaba el pecho. Era una postal perfecta de felicidad doméstica. Hasta que el teléfono de Juan Diego lo cambió todo.
Él estaba en la co