El silencio fue lo primero que me golpeó. No era el silencio de la paz, sino el vacío ensordecedor que sigue a un cataclismo. Mis oídos pitaban con un tono agudo y constante, y el sabor a cobre de la sangre llenaba mi boca. Abrí los ojos con lentitud, encontrándome con una visión que mi cerebro tardó en procesar.
No estábamos en los suburbios de ladrillo gris. No estábamos en las llanuras de ceniza.
A través de la fractura inmensa del casco del laboratorio, vi un cielo de un violeta eléctrico,