El silencio de los guerreros era más pesado que el rugido de la Quimera. Eran seis, apostados en semicírculo sobre unas raíces que latían con un ritmo eléctrico. Sus armaduras estaban hechas de restos de metal de la Ciudad Alta, cosidas a pieles curtidas de criaturas que aún no tenían nombre en mi vocabulario. Las máscaras de gas, modificadas con lentes de cristal azul, ocultaban sus rostros, pero no la fijeza depredadora de su postura.
El líder dio un paso adelante. Llevaba una capa hecha de l