El cielo se oscureció no por la llegada de la noche, sino por la magnitud de lo que descendía. La Cosechadora no era una nave en el sentido convencional; era una ciudadela orbital, un anillo de metal y obsidiana de varios kilómetros de diámetro que giraba lentamente, proyectando una sombra que devoraba valles enteros. Desde su vientre, miles de puntos de luz empezaron a desprenderse: cápsulas de desembarco, enjambres de drones y barcazas de transporte de infantería pesada.
—Ya no están recolect