El hangar secundario de la Osiris era una caverna de sombras y ecos metálicos. La luz de emergencia, un parpadeo rítmico de color ámbar, bañaba las tres barcazas de desembarco que habían sobrevivido al impacto. Eran naves toscas, diseñadas para el transporte de mineral y suministros, carentes de la elegancia aerodinámica de los cazas coloniales. Pero tenían algo que las naves de ataque no: blindaje ablativo pesado y motores de combustión de respaldo.
—Si los sistemas electrónicos fallan por la