El mundo se volvió blanco, pero no era el blanco de la nieve o de las nubes; era el blanco del vacío, de la información pura devorando la materia. Por un instante eterno, no sentí el peso de mis botas ni el aire en mis pulmones. Estaba en el epicentro de un teorema imposible. El rayo de la Osiris golpeaba con la fuerza de un sol cautivo, pero Nico no se desvanecía. Lo veía a través del resplandor: su cuerpo se había estirado, sus contornos se volvían borrosos, transformándose en una silueta de