El estruendo de la Vesta-7 al cambiar de rumbo no fue un sonido mecánico, fue un alarido de metal retorcido. La nave, una mole de cientos de miles de toneladas de ingeniería colonial, se inclinó con una violencia que desafiaba las leyes de la inercia. En el laboratorio de biogenética, los frascos de reactivos estallaron y las mesas de cirugía se deslizaron por el suelo como proyectiles. Solo Nico permanecía impasible, de pie en el centro del caos, con sus pies apenas rozando el linóleo inundad