LEO
—Pero mírate, qué grande estás... —Mi madre me agarra la cara con las dos manos, apretándome las mejillas como si tuviera cinco años. Huele a su perfume de siempre, ese que lleva desde que tengo memoria, y me da un pellizco en el brazo que me hace gruñir.
—Me viste la semana pasada —replico.
—Ah, no, hace dos semanas que ya ni pasas a verme —se queja, cruzándose de brazos con ese gesto de madre ofendida que domina a la perfección.
Será porque cada vez que vengo me sobetea como si todavía fu