A la mañana siguiente, la imprenta estaba tan viva como siempre: máquinas vibrando en diferentes ritmos, el eco metálico de las prensas, empleados apresurados cargando cajas de revistas recién impresas, el aroma a tinta fresca mezclándose con el café que alguien había dejado sobre una mesa. El piso principal era un torbellino organizado que tenía su propio pulso, uno que Daniela conocía desde hacía años… aunque ahora, desde que trabajaba en el piso 34, ese ruido parecía un mundo distinto al que