El ambiente en la oficina de Thomas estaba tan silencioso que parecía que las paredes aguardaban expectantes cada palabra. La luz del ventanal entraba limpia, bañando el escritorio de madera oscura donde Thomas revisaba documentos con una concentración imperturbable. Daniela respiró hondo antes de tocar suavemente la puerta entreabierta.
—Buenos días, señor Kan —dijo con su tono habitual, profesional, sin una grieta.
Thomas levantó la mirada despacio, como si hubiera estado esperándola.
—Buenos días, Daniela —respondió con voz grave—. Cuando te acomodes, necesito que me ayudes a clasificar unas revistas que deben entregarse pronto. Quiero que Alejandro termine con las que tiene para que yo pueda revisarlas.
Ella asintió en silencio. Caminó hacia su pequeño escritorio, dejó su bolso con delicadeza y acomodó unos papeles sueltos. Luego cruzó la estancia y se sentó frente al escritorio principal, con la espalda recta, las manos juntas sobre su regazo, dispuesta a escuchar instrucciones.