El ambiente en la oficina de Thomas estaba tan silencioso que parecía que las paredes aguardaban expectantes cada palabra. La luz del ventanal entraba limpia, bañando el escritorio de madera oscura donde Thomas revisaba documentos con una concentración imperturbable. Daniela respiró hondo antes de tocar suavemente la puerta entreabierta.
—Buenos días, señor Kan —dijo con su tono habitual, profesional, sin una grieta.
Thomas levantó la mirada despacio, como si hubiera estado esperándola.
—Buenos