El silencio se volvió absoluto dentro de la oficina. Tan espeso que parecía presionar los oídos. Daniela permanecía sentada, con la mirada perdida en un punto indefinido del suelo, los brazos caídos a los costados, como si de pronto no le pertenecieran.
Thomas dio un paso hacia ella y luego se detuvo. Nunca lo había visto dudar así.
—Daniela… —pronunció su nombre con cuidado, como si pudiera romperla.
Ella no levantó la vista.
—¿Cuánto tiempo? —preguntó de pronto, con la voz apagada—. ¿Desde cuándo lo sabes?
Thomas tragó saliva.
—Hace poco —respondió—. No quise decírtelo así. No quería que lo supieras de esta manera.
Daniela cerró los ojos con fuerza.
—Pero lo sabías —dijo—. Y aun así los dejaste entrar en mi vida. Los dejaste mirarme… tocarme con la mirada.
El reproche no era un grito. Era peor. Era una herida abierta.
—Pensé que podía manejarlo —dijo Thomas—. Pensé que podía mantenerlos lejos.
Daniela soltó una risa breve, amarga.
—Siempre decides por mí —murmuró—. Decidieron por mí