Las sirenas se hicieron cada vez más cercanas hasta que el sonido invadió por completo el edificio. Daniela seguía inconsciente entre los brazos de Thomas. Él no la soltó ni cuando los paramédicos llegaron corriendo con la camilla.
—Señor, necesitamos espacio —dijo uno de ellos con tono firme pero respetuoso.
Thomas negó con la cabeza instintivamente.
—No la suelto —respondió con la voz quebrada—. Háganlo aquí.
Los paramédicos intercambiaron una mirada rápida y asintieron. Se arrodillaron junto a ellos. Uno revisó el pulso de Daniela, otro le colocó el oxímetro en el dedo y le habló cerca del oído.
—Señorita… ¿me escucha?
No hubo respuesta.
—Presión baja —dijo uno—. Probablemente una crisis nerviosa fuerte.
Thomas apretó la mandíbula.
—Ha pasado por demasiado —dijo, como si eso explicara todo—. No había comido… no había dormido.
Le acomodaron una mascarilla de oxígeno. Daniela frunció apenas el ceño, un gesto mínimo que hizo que el corazón de Thomas se agitara.
—Está reaccionando —inf