Thomas se levantó lentamente de su asiento y caminó hasta el mini bar de la oficina. Cada paso era pesado. Sirvió un trago sin prisa, como si ese pequeño ritual le permitiera contener la rabia que le quemaba el pecho. Habló de espaldas a ellos, con la voz tensa, cargada de desprecio y dolor ajeno.
—No entiendo cómo ustedes pudieron abandonar a su hija —dijo—. ¿Qué clase de padres hacen algo así?
El silencio que siguió fue denso. César respiró hondo, como si al fin aceptara que ya no tenía dónde esconderse.
—Fue mi culpa —confesó—. Yo lo apostaba todo. Me hice adicto al juego… y lo perdimos todo. La casa, el dinero, la estabilidad. Todo.
Thomas apretó la copa con fuerza, sin girarse todavía.
—No teníamos qué darle de comer a Alana —continuó César con la voz quebrada—. Bueno… Daniela —rectificó con dificultad—. No había nada. Ni leche, ni calefacción. Solo deudas.
Dalia permanecía de pie, con las manos entrelazadas, los ojos vidriosos, incapaz de interrumpirlo.
—Entendimos