Laura salió del despacho en silencio, cerrando la puerta con suavidad detrás de ella. Thomas se quedó solo. El tic-tac del reloj antiguo marcaba los segundos con una insistencia casi burlona. Apagó el cigarro en el cenicero y se pasó una mano por el rostro, arrastrando el cansancio que llevaba acumulado desde hacía días.
Se levantó y caminó hasta la ventana. Desde allí podía ver parte de los jardines iluminados tenuemente. Todo parecía tranquilo, demasiado. Pensó en Daniela, en la forma en que había bajado la mirada cuando Dalia Ruch se le acercó aquella tarde, en el gesto inconsciente de llevarse la mano a la muñeca una y otra vez. Esa marca. Nunca se la había explicado del todo, y él nunca insistió.
—¿Qué no me estás diciendo? —murmuró para sí mismo.
Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
—Adelante —dijo sin girarse.
La señora Kan asomó la cabeza, dudando antes de entrar.
—Thomas… —lo llamó con cautela—. ¿Puedo?
Él se volvió hacia ella y asintió.
—Claro, mamá.
Carm