Daniela estaba aterrada. Intentaba respirar, pero la vista se le estaba nublando, los sonidos llegaban distorsionados, lejanos. Las manos de Rosalba estaban firmes sobre su cuello, apretando con una fuerza desesperada, brutal, intentando quitarle la vida.
—¡Maldita infeliz! —gritó la mujer, fuera de sí—. ¡Pretendes quedarte con mi marido, ¿verdad?!
Daniela abrió la boca, pero apenas logró emitir un sonido.
—No… puedo… respirar… —alcanzó a decir, intentando quitarse a Rosalba de encima, arañando, empujando, pero los dedos de la mujer se cerraban cada vez más, cortándole el aire.
—¡Maldita desgraciada! —escupió Rosalba—. ¡Si te mueres voy a quedarme con Thomas!
Las fuerzas comenzaron a abandonarla. Los brazos le pesaban, el cuerpo se le volvía torpe. Sus ojos empezaron a cerrarse sin que pudiera evitarlo.
De pronto, la presión desapareció.
El aire volvió a entrar en sus pulmones de golpe, ardiente. Daniela aspiró con desesperación y comenzó a toser, doblándose sobre sí misma. Abrió los