La señora Kan, aún sin comprender del todo qué acababa de ocurrir frente a sus ojos, dio un paso al frente, quedando cerca de Thomas. Su rostro reflejaba desconcierto, como si las piezas no terminaran de encajarle.
—Laura, ven a mi despacho. Necesito que hablemos sobre la nueva asociación con los Ruch —dijo Thomas con voz firme, colgándose la chaqueta de un hombro.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y comenzó a subir las escaleras de mármol. El sonido de sus zapatos resonó con eco en la mansión, marcando cada paso con una determinación fría. Laura respiró hondo, obligándose a recomponer su expresión, a empujar hacia el fondo de su mente lo que había sucedido apenas segundos antes. Tragó saliva y, después de un instante, siguió a su hermano escaleras arriba.
En el comedor, el silencio volvió a instalarse.
—¿Viste lo que acaba de pasar, Rolando? —preguntó la señora Kan, mirando a su marido, todavía afectada.
—Lo vi, Carmen —respondió él con cansancio—, pero ellos son adultos y noso