La sala de reuniones del piso treinta y cuatro estaba impecable. La mesa de cristal pulido reflejaba la luz suave que entraba por los ventanales, y las sillas de cuero oscuro estaban perfectamente alineadas, como si cada una supiera exactamente el peso de las decisiones que allí se tomarían. En una esquina, una pantalla ya estaba encendida con el logo del Grupo Kan, y sobre la mesa reposaban carpetas negras, ordenadas con una precisión casi obsesiva.
Mientras en la oficina de Thomas.
—Entonces ya preparé la sala de reuniones —decía Laura, caminando de un lado a otro con una tablet en la mano—. Dentro de una hora estarán llegando los presidentes de la imprenta Rach Imprenta. Son puntuales, muy formales, así que no podemos permitirnos ningún error.
Thomas estaba de pie junto al ventanal de su oficina, pero su atención no estaba en la ciudad ni en la sala contigua. Su mirada se mantenía fija más allá del cristal, en el escritorio exterior. Daniela estaba sentada allí, concentrada frente