La sala de reuniones del piso treinta y cuatro estaba impecable. La mesa de cristal pulido reflejaba la luz suave que entraba por los ventanales, y las sillas de cuero oscuro estaban perfectamente alineadas, como si cada una supiera exactamente el peso de las decisiones que allí se tomarían. En una esquina, una pantalla ya estaba encendida con el logo del Grupo Kan, y sobre la mesa reposaban carpetas negras, ordenadas con una precisión casi obsesiva.
Mientras en la oficina de Thomas.
—Entonces