Thomas llegó a la mansión entrada ya la noche. El motor de su coche aún estaba caliente cuando bajó, y el cansancio del viaje seguía pegado a su cuerpo como una segunda piel. La casa estaba demasiado iluminada para esa hora. Todas las luces encendidas, sin sombras, sin intimidad. Desde el interior le llegó un murmullo constante, voces superpuestas, el sonido de cubiertos chocando contra la loza.
Avanzó por el vestíbulo aflojándose la camisa, desabrochando el primer botón como si el aire le faltara. Caminó hacia el comedor guiado por ese ruido familiar y al mismo tiempo ajeno. Cuando llegó al marco de la puerta, se detuvo un segundo.
Todos estaban ahí. Sentados alrededor de la mesa, como si nada hubiera pasado, como si la semana entera no pesara sobre nadie.
Alejandro estaba al lado de Laura, demasiado cerca, compartiendo el espacio con una naturalidad que a Thomas le tensó la mandíbula. Rosa, su esposa, ocupaba una esquina de la mesa, rígida, con la espalda recta y la mirada dura