Luego de que acabaran el recorrido por la sede, Thomas miró su reloj. Eran pasadas las cuatro de la tarde. El cansancio ya se le había instalado en los hombros y, por la forma en que Daniela caminaba un poco más despacio detrás de él, sabía que para ella no era distinto. Habían sido horas intensas, pisos enteros revisados, conversaciones técnicas, números, procesos, saludos formales y sonrisas medidas.
Se dirigían hacia el ascensor cuando la secretaria del director general se acercó con pasos rápidos y una leve inclinación de cabeza.
—Señor Kan —dijo con respeto—. El señor Hiroshi quiere que venga a una cena esta noche. Usted y su secretaria.
Thomas se detuvo apenas un segundo. Giró el rostro hacia Daniela y luego volvió la mirada a la joven.
—¿Tiene que ser esta noche? —preguntó—. Estamos muy cansados.
La secretaria mantuvo la compostura, pero su tono fue firme.
—Señor Kan, usted conoce las costumbres de este país. Aunque sea el jefe y dueño, rechazar una invitación así podría interp