Ya estaban listos para salir.
Un chófer los esperaba afuera del hotel, de pie junto al automóvil oscuro, con las manos cruzadas al frente y la mirada fija en la entrada. Daniela revisaba con cuidado que todo estuviera en orden dentro del portafolio: los documentos clasificados, la carpeta con los informes, la laptop del señor Kan bien protegida. Sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, como si aferrarse a esa rutina la ayudara a mantener la calma.
Thomas estaba en el balcón, de espaldas a ella, fumándose un cigarrillo. El humo se deslizaba lento en el aire frío de la mañana, mientras él permanecía inmóvil, con la mirada perdida en la ciudad. Su postura era rígida, distinta a la de horas antes. Algo en él parecía tenso, contenido.
Cuando entró a la habitación, cerró la puerta con un portazo seco.
El ruido resonó en el espacio amplio y silencioso, haciendo que Daniela se sobresaltara de inmediato. Apretó la carpeta contra su pecho por puro reflejo y levantó la mirada hacia él.
—Se