El reloj de la oficina marcaba las 5:17 p. m., y el piso 34 estaba casi vacío. Solo quedaban unas pocas luces encendidas: las del despacho del señor Kan y las del pequeño escritorio donde Daniela terminaba de imprimir y organizar los informes que Thomas debía firmar al día siguiente.
Había sido un día largo, demasiado. Las pruebas de vestuario desde el amanecer, el maquillaje, las sesiones de fotos, las reuniones, la junta de accionistas… apenas había tenido un respiro. Sus pies dolían, la espa