Alejandro se recostó aún más en el sofá de cuero beige de la oficina de su prometida, levantando el vaso de whisky a la altura de la luz que entraba por las amplias ventanas. El hielo tintineó apenas, un sonido suave que contrastaba con los pasos acelerados de Laura recorriendo la sala como una fiera enjaulada.
El ceño fruncido, el cabello perfectamente peinado rebotando con cada giro, el taconeo marcando un ritmo furioso sobre el piso de mármol.
—No puedo creer que mi hermano esté haciendo esto —soltó Laura, deteniéndose solo para girarse y mirarlo con frustración—. Ya sé que es el CEO, pero debe contar con nosotros. Con los directores ejecutivos. Conmigo. ¿Por qué está haciendo esto?
Alejandro dio un pequeño sorbo al whisky antes de responder, dejándolo reposar en su lengua. Estaba disfrutando más de la situación de lo que admitía.
—No veo tan mal que Daniela sea la imagen —dijo finalmente, con voz calmada, como quien observa un incendio desde una cómoda distancia—. En parte Thomas